Álvaro Benavides La Grecca
Matar una rata o destripar un gusano no son actos socialmente condenables. Y si acaso para algunos sí lo fuesen, no acarrean graves consecuencias, porque, que lo sepamos, nadie ha sido llevado a un tribunal, o condenado a una pena que amerite cárcel, o mucho menos la muerte, por envenenar a un roedor, o eliminar a un insecto rastrero.
Salvo en ciertas culturas que tienen relaciones reverenciales y devoción mística por algunas criaturas, los animales no son equiparables al ser humano. Son seres vivos, sí, pero inferiores al hombre. Eso es así, aún cuando entendamos, y aceptemos, que el hombre es la expresión más acabada y perfecta de la evolución de la especie animal.
Pero eso sí, hay animales de animales. Los hay que son admirados por su belleza o por sus costumbres. Los hay que son respetablemente temidos por sus acciones, sean éstas reales o imaginadas. Los hay que son objeto del arte, de la ciencia, de la industria y del comercio. Los hay que son vistos como parte de la familia y adorados como tales. Pero también los hay que para muchos son simplemente despreciables.
Las ratas y los gusanos encajan en esa categoría. Las palabras rata y gusano evocan sentimientos cargados de significado negativo: Lo indigno, lo infame. Prescindir de esos animales significaría, en consecuencia, prescindir de lo indigno, de lo infame.
Adolfo Hitler lo sabía. Muamar Gadafi y Fidel Castro también lo saben. De allí que cada uno en su momento haya bautizado a sus opositores con esas palabras. El primero llamó ratas a los judíos. El segundo llama ratas a los rebeldes que se le oponen. El último llama gusanos a quienes quieren otro proyecto social y político para su país.
El ejercicio del poder es el ejercicio del uso de la palabra. Los seguidores de las ideas políticas son seguidores de palabras cargadas de significado político. En ese contexto, cuando se mata a una rata, cuando se elimina a un gusano, no sólo no se comete un crimen condenable, sino que, todo lo contrario, se cumple con una noble obligación.
Las palabras de esos líderes han tenido la intención de crear mundos, etiquetas, y dividir a los hombres en dos categorías: En la una se cuentan los que les siguen ciegamente. En la otra, quienes los adversan, que son ratas para Hitler y Gadafi, o gusanos para Castro. La palabra tiene la potestad de crear. Pero también de destruir.






