Álvaro Benavides La Grecca
El más grave de todos los errores que podemos cometer cuando de hablar en público se trata, es no prepararnos -o prepararnos insuficientemente- para un acontecimiento en el que hay mucho en juego, tanto para la audiencia como para el propio expositor, cuyas reputación y autoestima, cuando ese es el caso, corren el grave riesgo de terminar muy maltrechas.
La preparación que se requiere para facilitar el camino hacia el éxito en nuestras presentaciones públicas exige, como premisa básica fundamental, conocimiento muy profundo y dominio del asunto que vamos a tratar. Esa condición, que es indispensable y fuera de toda discusión, no es, sin embargo, suficiente.
La fase de preparación de una presentación también incluye la necesidad de establecer muy claramente cuál será el propósito de nuestra presentación y qué queremos que el público piense, se lleve, o haga, al término de esa exposición. Conocer al público, sus expectativas, actitudes, necesidades, forma parte también del trabajo previo que el buen comunicador está en la obligación de adelantar.
Cuando estamos elaborando la presentación hay que planificar la organización de los contenidos en una secuencia fácil de transmitir. Y de recordar para ambas partes. En primer lugar, una introducción breve y estimulante, en la que se comunique de manera directa, sin rodeos, la idea fundamental que se desea comunicar, y que resuma el contenido todo de la exposición. Segundo, hay que conseguir (y utilizar de manera estratégica) evidencias y argumentos que den piso y solidez a esa idea fundamental. Finalmente, la exposición cerrará con un resumen, con una clara conclusión (la misma idea central con la que abrimos la exposición), para terminar con un llamado a la acción, una recomendación, una invitación.
Una vez frente a su audiencia, es recomendable que el expositor tenga muy en cuenta que su prioridad es captar el interés y la atención del público, para lo cual deberá establecer una contundente conexión visual con todos, desarrollar su discurso en una secuencia de frases cortas, comunicadas con una voz poderosa que denote seguridad y que convoque a los demás instrumentos para la comunicación (manos, brazos, rostro, cuerpo) a participar activa y protagónicamente en la transmisión de los mensajes.
Cuando el expositor logra una eficiente conexión visual con su audiencia, y ejerce a plenitud el poder de su voz, no sólo consigue atraer permanentemente la atención de todos, sino que, además, se le facilita la tarea, pues es capaz de comunicar exactamente lo que desea; desaparecen expresiones verbales y sonidos que no tienen sentido (muletillas, murmuraciones, frases prefabricadas, lugares comunes); y su cuerpo se comporta mucho más centrado en el sentido de lo que el expositor quiere transmitir, en vez de moverse, como ocurre frecuentemente, de un lado a otro, sin sentido y sin control algunos.
La reputación y la autoestima se preservan cuando el expositor hace su tarea de manera integral, cosa que lo convierte en un comunicador que persuade a sus audiencias y que consigue sus objetivos.






